García Lorca, Isabel

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Vicenta Lorca con sus dos hijas, Isabel, a la izquierda, y Concha, en el domicilio de la Acera del Casino. / Foto: Fundación FGL

Quinto hijo del matrimonio compuesto por Vicenta Lorca Romero y Federico García Rodríguez. La hermana menor de Federico, Francisco y Concha García Lorca (el segundo hijo, Luis, murió en 1902 con dos años) fue el único miembro de la familia que nació fuera del entorno de la Vega de Granada. Cuando vino al mundo Isabel, en 1909, la familia ya se había trasladado de Asquerosa (actual Valderrubio) a su primer domicilio en la capital granadina, una casa en la Acera del Darro.

Profesora y escritora, vivió buena parte de su vida en el exilio. Regresó a España, junto con otros miembros de la familia, en 1951 y tres años después visitó los paisajes de su infancia en la Vega de Granada. Al final de su vida, tras la muerte de sus hermanos, impulsó la creación de la Fundación García Lorca para administrar el legado de su hermano. Se opuso con vehemencia a la destrucción o alteración de los espacios familiares, como la Huerta de San Vicente.

Gracias a su libro Recuerdos míos ha quedado el testimonio de cómo ella y Federico inventaban imaginativas diversiones, utilizaban los romances populares, jugaban a decir misa, imitaban al párroco de las Angustias o interpretaban canciones folclóricas.

A pesar de vivir sus primeros años en Granada, su relación con la Vega, a la que estaba ligada por nacimiento el resto de la familia, fue intensa a través de las criadas, de los muchos parientes que visitaban a los Lorca en la capital y los abastecían con productos del campo y, sobre todo, por los veranos en los que la familia se trasladaba a Asquerosa (luego Valderrubio) coincidiendo con los trabajos de recolección agrícola. Los veraneos no se interrumpieron hasta que en 1925 el padre compró la Huerta de San Vicente.

A los cinco años, Isabel se incorporó al colegio Calderón, situado en la calle Recogidas, un centro religioso en manos de las monjas de san Vicente de Paul que seguían unas estrictas normas de comportamiento contra las que chocaron Isabel, su hermana Concha y, antes que ellas, la madre de ambas, Vicenta Lorca. El primer día de colegio ocurrió un percance decisivo que cambiaría los planes de su futura educación: Concha fue castigada e Isabel se quedó sola en la calle esperando en vano a su hermana. El incidente hizo que ambas abandonaran el centro escolar. Más tarde, Isabel con su amiga Laura de los Ríos, retomaría la escolarización en su propia casa con una profesora particular que acudía todas las mañanas. Por las tardes, la preceptora era la madre de Laura, Gloria Giner, esposa de Fernando de los Ríos y profesora de la Escuela Normal de Maestras.

La diferencia de edad con sus hermanos no le impidió compartir numerosas vivencias y juegos llenos de imaginación lírica que le dejaron un sedimento profundo que la acompañó toda su vida. Gracias a su libro Recuerdos míos, publicado en 2002, ha quedado el testimonio de cómo ella y Federico, en la gran casa de la Acera del Darro, inventaban imaginativas diversiones, utilizaban los romances populares, jugaban a decir misa, imitaban al párroco de las Angustias, el entonces famoso Padre Arcoya, o interpretaban canciones folclóricas.

Federico García Lorca enseñando a leer a su hermana Isabel en la casa de la Acera del Darro.
Federico García Lorca enseñando a leer a su hermana Isabel en la casa de la Acera del Darro. / Foto: Fundación FGL

En aquella casa con jardín Isabel vivió los primeros ocho años de su vida. “En aquel jardín”, rememora, “fuimos tan felices, además de nosotros, dos galápagos y un hermoso gato rubio”. Se refiere al mismo gato que reaparecerá en la casa, convertida ya en materia poética, en el poema 1910- Intermedio de Poeta en Nueva York: “En un jardín donde los gatos se comían a las ranas”.

Pero los momentos memorables de su infancia continuaron cuando la familia se mudó a la casa de la Acerca del Casino. Allí, el 6 de enero de 1923, como Regalo de Reyes, Federico junto a Manuel de Falla y Hermenegildo Lanz organizaron la ya mítica velada de títeres de cachiporra. Isabel y Laura cantaron delante de todos los invitados. Se representó un entremés atribuido a Cervantes además del Auto de los Reyes Magos y una adaptación de Federico para títeres del cuento andaluz La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.

Vicenta Lorca y todos sus hijos (de izquierda a derecha, Federico, Concha, Francisco e Isabel) en la casa de Acera del Casino.
Vicenta Lorca y todos sus hijos (de izquierda a derecha, Federico, Concha, Francisco e Isabel) en la casa de Acera del Casino. / Foto: Fundación FGL

Isabel fue el centro de la visita que hicieron a Granada, y en concreto al Generalife, un año después, en el verano de 1924, Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí. El poeta de Moguer paseó por el Paseo de los Cipreses y quedó especialmente prendado de la pequeña de los Lorca a quien dedicó el romance Generalife, un poema lleno de luces y transparencia donde el jardín y el agua se hermanan con el trasfondo de los jardines árabes. Isabel seguiría manteniendo a lo largo de su vida relación con Juan Ramón y con Zenobia Camprubí, aunque su amistad quedó enturbiada por el distanciamiento producido entre Juan Ramón y su hermano. Todo ello quedó reflejado en el libro Olvidos de Granada publicado en el exilio por Juan Ramón Jiménez.

Isabel comenzó sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Granada en 1930 y los terminó, debido al traslado del domicilio familiar, en Madrid, donde sería alumna de Pedro Salinas y Jorge Guillén. Estuvo en la Institución Libre de Enseñanza y participó en 1933 en un crucero organizado por los institucionistas como viaje de estudios por el Mediterráneo.

En Madrid, tras licenciarse, se dedicó a la enseñanza. Participó en el proyecto teatral de García Lorca y Eduardo Ugarte, en La Barraca. Se sumó a la compañía en una de sus salidas por Murcia y Alicante adonde escenificaron La vida es sueño de Calderón.

La Guerra Civil rompe el sosegado proceso de formación. Isabel sale de España a finales de septiembre de 1936. Había pasado julio y agosto en Madrid, en casa de Laura de los Ríos, con su madre y su abuela. Allí se enteró del fusilamiento en Granada de Federico García Lorca y de su cuñado Manuel Fernández Montesinos, alcalde de Granada y casado con su hermana Concha. Isabel buscó refugio en casa de su hermano Paco en Bruselas, donde este desempeñaba un cargo diplomático. Allí pasó algo más de un año hasta que comenzó su destierro en Estados Unidos con el resto de su familia.

“No podía hablar. No podía llorar. Me preguntaban y no podía responder ¿Para qué? Todo había terminado. Creo que pensar en mis padres me empujó a continuar. A seguir viviendo la pesadilla del teléfono negro balanceándose contra la pared. El crimen era verdad. Los crímenes eran verdad. ¡Malditos sean!”, anota en sus memorias.

Para colmo la actitud de algunos amigos comunes se transformó en traición: “A Manolo [Fernández Montesinos] le sucedió en la alcaldía su amigo Antonio Gallego Burín, con quien habíamos estado en el circo apenas un mes antes, por el Corpus. Aceptar suceder a Manolo en aquellas circunstancias fue algo muy indigno, tan horrendo como el propio crimen”, precisa.

Isabel (i) y Concha García Lorca flanquean a Juan Ramón Jiménez en esta foto ante el Palacio de Carlos V. A la izquierda, cortado está Federico.
Isabel (i) y Concha García Lorca flanquean a Juan Ramón Jiménez en esta foto ante el Palacio de Carlos V. A la izquierda, cortado está Federico. / Foto: Fundación FGL

En Nueva York fue acogida por la familia de Fernando de los Ríos, embajador entonces en Washington. Los demás llegaron en 1940. Su amiga Laura de los Ríos se casó con su hermano Paco en 1942 y en 1949 murió su padre, Federico García Rodríguez que fue enterrado en Estados Unidos por propia voluntad. En 1951 vuelve con la familia a España.

En Estados Unidos, Isabel se dedicó a la enseñanza en el New Jersey College for Women, el Hunter College de Nueva York y más tarde en el Sarah Lawrence College donde hizo amistad con la novelista Marguerite Yourcenar, que años después visitó Granada para reconstruir el asesinato de Federico.

Durante algún tiempo sus ingresos eran los únicos con los que podía contar la familia exiliada. A su vuelta a España en 1951 comenzó a trabajar en un colegio privado. Volvió a visitar en el año 1954 Valderrubio donde recuperó los recuerdos de sus veraneos juveniles. En Recuerdos míos deja constancia de la emoción que le produjo la vuelta su paraíso perdido. “A mi vuelta a Granada mi mayor emoción, que me anegó en lágrimas, fue el olor del Generalife y el oír las campanas de los conventos del Albaicín”.

En 1955 fue una de las fundadoras de la Asociación Española de Mujeres Universitarias, pero tuvo que esperar a la muerte de Franco para recuperar su puesto como catedrática de instituto.

En 1986 impulsó la creación de la Fundación Federico García Lorca. Tras ofrecer parte del legado a Granada, los documentos fueron finalmente depositados en la Residencia de Estudiantes, donde han permanecido hasta 2018. Isabel vivió atenta al destino de la obra y los recuerdos de su hermano.

Durante algún tiempo sus ingresos eran los únicos con los que podía contar la familia exiliada. A su vuelta a España, en el año 1954 visitó Valderrubio donde recuperó los recuerdos de sus veraneos juveniles.

En los años ochenta asesoró personalmente al Patronato García Lorca para la reconstrucción de la casa de Fuente Vaqueros donde nació Federico en 1898. También luchó contra quienes trataron, por desidia o ignorancia, de destruir los lugares ligados a la memoria de Federico, como la zona de Alfacar y Víznar donde se supone que está enterrado y que estuvo amenazada por la construcción de un campo de fútbol. También se opuso con firmeza a la circunvalación de Granada, que destruyó el entono campestre de la Huerta de San Vicente.

En 2002 ganó el XV premio Comillas por Recuerdos míos, un libro de memorias que hoy es un clásico de la bibliografía lorquiana. “¡Me duele tanto recordar!”, escribe al final del libro. “Mi vida la veo como un inmenso y desordenado retablo. Sola estoy en mi vivir, en mi sentir, en mi pesar. Sé que no voy acorde con nadie y en el fondo es lo natural y lo comprendo. Yo no puedo vivir sólo lo actual; mi vida es inseparable del pasado”.

Isabel falleció en Madrid el 9 de enero de 2002.