Ugarte y Pagés, Eduardo

Eduardo Ugarte

Escenógrafo, escritor, director de teatro y de cine nacido el 22 de octubre de 1900 en Fuenterrabía (Guipúzcoa) y muerto en el exilio en México el 30 de diciembre de 1955. Tras la proclamación de la Segunda República y la designación de Fernando de los Ríos como ministro de Instrucción Pública, aceptó la invitación de García Lorca para colaborar en la dirección artística de La Barraca, una compañía de teatro formada por estudiantes que durante cuatro años recorrió los pueblos más apartados de España representando obras de los grandes clásicos del teatro español, como Cervantes, Lope, Tirso o Calderón. Ugarte asumió en numerosas ocasiones en solitario la dirección de La Barraca durante las ausencias de Lorca. La Barraca formaba parte del proyecto de Misiones Pedagógicas impulsado por Fernando de los Ríos junto con el Teatro del Pueblo dirigido por Alejandro Casona.

La compañía La Barraca posa ante el camión que Federico llamó La bella Aurelia. Ugarte aparece junto a Lorca.
La compañía La Barraca posa ante el camión que Federico llamó La bella Aurelia. Ugarte aparece junto a Lorca.

Ugarte era el décimo hijo de Javier Ugarte y Pagés, un abogado catalán que fue ministro de Gobernación por el Partido Conservador durante la regencia de María Cristina y de Gracia y Justicia durante el reinado de Alfonso XIII. Estudió Derecho y Filosofía en las universidades de Madrid y Salamanca. Su destino vocacional fue desde muy pronto el teatro. Quizá no fue casual que se casara con Pilar Arniches, hija del popular autor de sainetes Carlos Arniches. Sus primeros éxitos teatrales, antes de emprender la aventura de La Barraca, los compartió con el dramaturgo y novelista granadino José López Rubio (Motril, 1903-Madrid, 1966): De la noche a la mañana (1929) y La casa de naipes (1930). Ambos autores decidieron cambiar de género y de país a principios de los años treinta atraídos por el auge de la industria cinematográfica de Hollywood. La estancia de Ugarte en Norteamérica duró poco. Eran los comienzos del cine sonoro y los estudios requerían la presencia de dialoguistas que a la vez pudieran hacer de traductores para las versiones dobladas al español.

Conforme La Barraca sumaba actuaciones crecieron a la vez el entusiasmo sincero de los espectadores de la España rural, muchos de los cuales no habían asistido jamás a una representación dramática, y las críticas despiadadas de la derecha que acusaban a la compañía de ser un instrumento de propaganda política al servicio de la recién proclamada República.

Ugarte regresó un año después mientras López Rubio permaneció durante buena parte de la década de los treinta, primero trabajando para la Metro y después para la Fox. García Lorca, durante su estancia en Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1933, dedicó a Ugarte y a López Rubio una alocución en radio Splendid como prólogo a una lectura radiofónica de una obra escrita por ambos (seguramente La casa de naipes). Federico dijo que la producción de ambos dramaturgos suponía la ruptura con “un teatro naturalista y sin sabor, donde toda idea política es rechazada y donde el público envilece su alma en una negación constante de la fantasía”. “Eduardo Ugarte es uno de los tipos más definidos y más bien dibujados que yo he conocido en toda mi vida”, añadió.

Buñuel, Ugarte y Lorca.
Buñuel, Ugarte y Lorca.

La supuesta grabación de este discurso de García Lorca fue ofrecida a la fundación del poeta en 2002 por un coleccionista argentino como el único documento grabado con la voz del poeta granadino. Sin embargo, el coleccionista, pese a la buena disposición de la fundación del poeta, no dio señales de vida.

El regreso de Ugarte coincidió con el exilio del rey Alfonso XIII y la proclamación de la República, un cambio político y social que supuso su vuelta al teatro.

En 1932 su amigo García Lorca le propuso sumarse a la dirección de La Barraca. En el mes de julio, a bordo de una furgoneta que bautizaron como La bella Aurelia, partió la singular compañía a su primera gira por tierras de Soria.

Luis Sáenz de la Calzada ha descrito la afanosa rutina de una compañía en la que ninguno de sus componentes cobraba: Montar el tablado de seis por ocho metros, enlazar las conexiones eléctricas, poner las cortinas y los decorados, comer, maquillarse, salir a representar la obra a “voz en cuello”, terminar, agradecer los aplausos, despojarse de los trajes, colocarse el mono, desmontar el tablado y guardarlo, descansar y volver a los caminos de tierra en busca de otro pueblo para la siguiente función. Conforme sumaban actuaciones crecieron a la vez el entusiasmo sincero de los espectadores de la España rural, muchos de los cuales no habían asistido jamás a una representación dramática, y las críticas despiadadas de la derecha que acusaban a la compañía de ser un instrumento de propaganda política al servicio de la recién proclamada República. Los aplausos entusiastas del público tuvieron un correlato de desprecio: sabotajes y protestas. Al final, sin embargo, se impuso lo que era el fundamento de la compañía: divulgar el teatro clásico durante los meses de verano por los caminos polvorientos de lo que hoy podríamos denominar la ‘España vacía’. Las representaciones de La Barraca disminuyeron a partir de 1935 a causa de la restricción de ayudas ordenada por el gobierno conservador durante el Bienio Negro (1933-1936). La última función fue en el Ateneo de Madrid en la primavera de 1936 con El caballero de Olmedo de Lope. Tras la sublevación de 1936, la compañía desapareció en la práctica, pese a los intentos de resucitarla con la ayuda de Manuel Altolaguirre y Miguel Hernández.

Lorca y Ugarte, vestidos con el mono de La Barraca.
Lorca y Ugarte, vestidos con el mono de La Barraca.

Eduardo Ugarte se integró en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y colaboró desde París en tareas de propaganda junto a Luis Buñuel, con quien había trabajado antes del conflicto bélico en la compañía cinematográfica Filmófono en películas como Don Quintín el Amargao y La hija de Juan Simón.

Se exilió en México donde continuó desarrollando proyectos teatrales con algunos de los más conspicuos escritores españoles desterrados: Manuel Altolaguirre, Max Aub y el propio Buñuel, con quien firmó diversas películas de carácter más comercial como Bésame mucho (1944), Por culpa de una mujer (1945) o Cautiva del pasado (1951). Falleció en 1955 y tres años después se publicó póstumamente el guion de La casa de naipes, que había escrito con López Rubio en 1930.

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