El hombre del amor brujo

En 1920 conoció a uno de los genios creadores que más le fascinó: Manuel de Falla, recién llegado a Granada en busca de refugio para componer. La amistad con Falla fue muy fructífera. Lorca retomó su vocación por la música y en 1922, bajo el influjo del compositor y junto con otros creadores de la talla de Ignacio Zuloaga, organizó el Concurso de Cante Jondo con la pretensión de rescatar el “el cante primitivo andaluz”.

La amistad de Falla sirvió a Lorca para reunir las estéticas populares con las cultas y las tradiciones con la vanguardia, uno de los empeños que cruzan transversalmente su obra.

El concurso, que se celebró los días 14 y 15 de junio en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra, abrió una profunda controversia entre quienes lo consideraban una “españolada” sin interés y quienes defendían la necesidad de recuperar el cante originario y limpiarlo de añadidos espurios. La influencia de Falla fue mayor. El Poema del cante jondo, publicado en 1931, fue compuesto a la vez que se organizaba el Concurso del Cante Jondo.

En 1917 la familia se mudó provisionalmente, y por solo un año, a la Gran Vía y luego a los pisos segundo y tercero de la Acera del Casino, 31.

Federico García Lorca (primero por la izquierda) en un viaje a Guadix con Manuel de Falla (segundo por la derecha) y otros amigos.
Federico García Lorca (primero por la izquierda) en un viaje a Guadix con Manuel de Falla (segundo por la derecha) y otros amigos. / Foto: Fundación FGL

Allí, el 6 de enero de 1923, se organizó una función de títeres que pasaría a la historia. La excusa fue un regalo de Federico a su hermana Isabel, la menor. Desde hacía tiempo Lorca quería recuperar el antiguo teatro de cachiporra, pero la función trascendió también ese aspecto. Fue el antecedente del estreno, en el mes de junio de ese año, pero en París, de El Retablo de Maese Pedro de Falla. Ese día se representaron el entremés Los dos habladores, El Misterio de los Reyes Magos y La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.

La amistad de Falla sirvió a Lorca para reunir las estéticas populares con las cultas y las tradiciones con la vanguardia, uno de los empeños que cruzan transversalmente su obra.