Darío, Rubén (Félix Rubén García Sarmiento)

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Escritor y diplomático nicaragüense, máximo representante del Modernismo literario en lengua española. Influyó en todos los escritores españoles de final del siglo XIX y principios del XX. Federico García Lorca se formó con su poesía y en sus primeros textos se percibe con claridad el magisterio de este autor. En Rubén Darío encontró no solo un modelo poético, sino un sentir muy parecido al suyo, la mezcla de lo pagano y lo cristiano, el deseo de vivir plenamente, la sensualidad, la fe en la poesía, la energía creadora, la imagen de la Granada que Darío visitó a principios de siglo y que le hizo reflexionar sobre la pérdida que supuso la expulsión de los árabes, de sus sabios, sus hombres cultos, sus poetas… Hay ecos de Tierras solares en el primer libro de Federico, Impresiones y paisajes (así lo percibió Adriano del Valle). En sus textos juveniles cita al nicaragüense en más de una ocasión y en su Libro de poemas todavía se puede rastrear claramente la huella del poeta.

Su nombre era Félix Rubén García Sarmiento, pero la familia paterna era conocida como “los Daríos” y por esto adoptó este apellido. Nació en Metapa (Nicaragua), en 1867. Se crio con sus tíos abuelos. Parece ser que fue un niño precoz y aprendió muy pronto a leer. También fue precoz a la hora de escribir y de publicar. Fue un gran lector de Víctor Hugo, autor que siempre consideraría su maestro.

Estudió en Managua y a los 15 años se trasladó a El Salvador, aunque por poco tiempo a causa de los problemas económicos y de salud. Encontró trabajo en la Biblioteca Nacional de Managua y empezó a publicar en distintos periódicos. De esa época (1885) es su primer libro, Primeras notas.

Federico García Lorca se formó con su poesía y en sus primeros textos se percibe con claridad el magisterio del autor nicaragüense.

En 1886 se trasladó a Chile donde pasó tres años escribiendo en periódicos y revistas. Gracias a Pedro Balmaceda Toro, escritor e hijo del presidente José Manuel Balmaceda, publica su primer libro de poemas, Abrojos, en 1887. Tras una temporada en Valparaíso, volvió a la capital y empezó a trabajar en El Heraldo. En Valparaíso apareció en julio de 1888 Azul, un libro clave para el Modernismo hispánico. A partir de esta publicación su fama se acrecentó, encontró empleo como corresponsal de La Nación de Buenos Aires y poco tiempo después fue nombrado director de La Unión, en San Salvador. Se casó con Rafaela Contreras Cañas.

En 1890 se encarga de la dirección de un nuevo periódico, El Correo de la Tarde, y publica la segunda edición de Azul.

En los años siguientes trabaja como periodista en distintos países de Centroamérica y finalmente, en 1892, viaja a España con la delegación de Nicaragua del cuarto centenario del descubrimiento de América. En Madrid se rodea de un círculo de escritores entre los que están José Zorrilla, Salvador Rueda, Juan Valera o Emilia Pardo Bazán. Debe volver pronto a San Salvador porque su esposa enferma y muere.

En 1893 se casa con Rosario Murillo, se convierte en cónsul honorífico en Buenos Aires donde continúa escribiendo poemas y publicando en varios periódicos de prestigio. Su vida allí está llena de excesos y tiene que recibir cuidados médicos en más de una ocasión. En 1895 se queda sin el empleo de cónsul pero encuentra otro como director de Correos.

Rubén Darío

Publica dos libros, Los raros y Prosas profanas y otros poemas, fundamentales de nuevo para el Modernismo hispánico. Años más tarde, cuando Lorca y Neruda coincidieron en Buenos Aires, en una cena de homenaje a Federico, hicieron un discurso “al alimón” reivindicando a Darío. Consideraban ambos que la ciudad lo había olvidado injustamente y que no se había preocupado de recordarlo.

En 1898 Darío viaja a España, donde se gana la admiración de Juan Ramón Jiménez y Valle-Inclán, como corresponsal de La Nación para cubrir el Desastre del 98. Sus crónicas se reunirán en 1901 en el libro España Contemporánea. Crónicas y retratos literarios. En 1902 en París conoce a Antonio Machado. Fue nombrado cónsul de Nicaragua, lo cual le dio cierto desahogo ahora que tenía una nueva pareja y un hijo con ella (aunque este, igual que los dos siguientes, morirán: solo sobrevivirá el cuarto). En España publicó Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas, editado por Juan Ramón Jiménez.

La devoción de Lorca por Rubén Darío la mantuvo toda su vida. En sus últimos meses, en un homenaje a Valle-Inclán que acababa de morir, la intervención de Federico consistió en leer textos de Darío, entre ellos, los dos sonetos que Darío le dedicó a Valle-Inclán.

En 1906 vuelve a París y después a Mallorca donde coincide con Santiago Rusiñol y otros artistas. Tuvo problemas personales (su primera mujer no acepta el divorcio si no es a cambio de una alta compensación económica) y de salud. Se trasladó a Nicaragua para resolver sus problemas ante los tribunales. Se le recibió con muchos honores y consiguió otro puesto en Madrid, pero debido a las dificultades económicas tuvo que renunciar en 1909 y volver a París donde sigue escribiendo y publicando, cada vez más enfermo.

En 1912 acepta dirigir las revistas Mundial y Elegancias. Hace una gira por varias ciudades latinoamericanas y publica su autobiografía La vida de Rubén Darío escrita por él mismo e Historia de mis libros.

Vuelve a viajar a la capital francesa, pasa por Mallorca (donde se acentúan sus problemas de salud) y en Barcelona publica su última obra poética, Canto a la Argentina y otros poemas. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial regresa a América.

Murió en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916 y fue enterrado en la Catedral. Justo ese año, un mes después de su muerte, en Granada, en el Centro Artístico, se celebró una velada poética dedicada al nicaragüense, a la que asistió Lorca. El rinconcillista Francisco Soriano Lapresa le dedicó una conferencia. Fue el año en el que Federico descubre su vocación literaria, según cuenta Francisco García Lorca.

La devoción de Lorca por Rubén Darío la mantuvo toda su vida. En sus últimos meses, en un homenaje a Valle-Inclán que acababa de morir, la intervención de Federico consistió en leer textos de Darío, entre ellos, los dos sonetos que Darío le dedicó a Valle-Inclán.