Mallo, Maruja (Ana María Gómez González)

Pintora surrealista perteneciente a la Generación del 27 nacida en Viveiro, Lugo, en 1902, y fallecida en Madrid en 1995. Uno de los espíritus más libres y excéntricos del grupo de creadores plásticos de la Generación del 27 que transformaron el papel de la mujer. Fue una de las fundadoras de Las Sinsombrero. Tras la Guerra Civil vivió exiliada en diversos países de Latinoamérica, entre ellos, Uruguay, Argentina y Chile. Regresó a España en 1962 y, pese al olvido, montó una exposición y retomó su trabajo como ilustradora de la Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset, y en donde había comenzado a colaborar en 1928. García Lorca la definió así: “Maruja Mallo, entre Verbena y Espantajo toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo, sus cuadros son los que he visto pintados con más imaginación, emoción y sensualidad”.

Su vida estuvo caracterizada por un continuo ir y venir, grandes amores y, como buena surrealista, pasiones e ideas desorbitadas. En 1913 su familia (compuesta por trece hermanos) se trasladó desde el Lugo natal a Avilés, de donde partió en 1922 a un Madrid enfebrecido en plena renovación de los géneros artísticos y de los usos sociales más caducos. Allí se matriculó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde cursó estudios hasta 1926. En las aulas de la academia coincidió con Salvador Dalí que a su vez le presentó al resto de los componentes de la Residencia de Estudiantes. Rafael Alberti le dedicó el poema La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo: “Tú, / tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños / y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas”. Dalí, por su lado, la definió como “mitad marisco, mitad ángel”.

Junto a Lorca, Dalí y Margarita Manso ideó el movimiento de Las Sinsombrero. Un día, paseando por la Puerta de Sol, se les ocurrió despojarse del sombrero para “descongestionar las ideas”, un gesto trivial con el que organizaron un escándalo y por el que fueron apedreados. La anécdota, décadas después, dio nombre al movimiento de emancipación de las mujeres característico de la Generación del 27. En 1928 expuso en los salones de la Revista de Occidente por invitación de Ortega y Gasset. Sus anécdotas forman parte de la historia del surrealismo. Otro día con Dalí, Lorca y Manso visitó el monasterio de Silos, pero como la entrada estaba vetada a las mujeres se pusieron las chaquetas como pantalones: “Aceptaron nuestra entrada al recinto sagrado como promotores del travestí a la inversa”, dijo. “Humor pre-punk”, llamarían luego al objeto profundo de su risa.

En los años 30 colaboró -y se enamoró apasionadamente- con Rafael Alberti. Preparó los decorados de Santa Casilda (1930) y La pájara Pinta (publicada en 1932) y colaboró en la edición de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929) y en Sermones y moradas (1930).

Desde sus obras iniciales en las que recrea escenas populares pasa a pinturas sombrías que reflexionan sobre los putrefactos y aterriza en el surrealismo más sorprendente que ya marcará para siempre su producción y su propia existencia. Un viaje a París en 1932, patrocinado por la Junta de Ampliación de Estudios, ahonda la influencia del movimiento de Breton. En Francia conocerá al propio Breton, que le compra un cuadro titulado Espantapájaros, y a otros artistas como Miró, Picasso, De Chirico y Magritte.

A su vuelta a España, comprometida con los ideales de la República, conoce a Miguel Hernández, con quien mantuvo una relación amorosa, y planeó un drama basado en los sucesos de Casas Viejas. Los poemas de Imagen de tu huella, incluidos en El rayo que no cesa, están inspirados en ella. Mientras fomenta su relación con los surrealistas de París y Londres, participa como enseñante en las Misiones Pedagógicas. La Guerra Civil le sorprende en Galicia y allí pasa a Portugal donde por mediación de Gabriela Mistral, que entonces era embajadora de Chile en Lisboa, logró embarcar a Buenos Aires, la ciudad donde dio comienzo un extrañamiento forzado que le ayudó, paradójicamente, a dar a conocer su pintura en Chile, Brasil, Estados Unidos y Argentina.

En 1939 publicó Lo popular en la plástica española a través de mi obra (1939), y empezó a pintar retratos femeninos que recuerdan los del pop-Art. En 1945 sus apariciones menguan igual que sus exposiciones. El síndrome del exilio hace mella en una pintora que nunca dejó de ser una intelectual profunda. Borges, Alfonso Reyes, con quien vivirá dos años, y Pablo Neruda son algunos de los creadores con quien se relaciona en los años americanos.

En 1962 Maruja Mallo, o Marúnica como ella misma se presentaba, regresa a España tras 25 años de exilio, pero su vida pública se vela, aunque mantiene su vieja colaboración como ilustradora de la Revista de Occidente. En 1982, por fin, fue doblemente reconocida por el gobierno socialista de España que le concede la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes y el premio de Artes Plásticas de la Comunidad de Madrid. La última surrealista viva visitó aquel año la Feria de Arco y, según su acompañante, al ver las colas de espectadores, preguntó: “Querida ¿es esto afición o ganado?”.

Murió con 93 años el 6 de febrero de 1995 en una clínica geriátrica donde llevaba ingresada diez años.