Rojas Feijespán o Feingespán, Manuel

Capitán español implicado en la matanza de Casas Viejas y en la sangrienta represión que siguió al golpe contra la República en Granada. Era hijo de un rico propietario de Granada, Manuel Rojas Cortés, y de una mujer de origen alemán llamada Fernanda Feijespán o Feingespán, que vivían a caballo entre Granada y Madrid. Los investigadores Miguel Caballero y Pilar Góngora suponen que al ser Manuel Rojas coetáneo de García Lorca y teniendo en cuenta que la burguesía a finales del siglo XIX era muy reducida la familia de Federico y la de Manuel se conocían.

El capitán Rojas está al mando del grupo de falangistas que el 6 de agosto irrumpe en la casa de verano de los Lorca con la excusa de buscar en el interior del piano una emisora clandestina con la que supuestamente se comunicaba con la Unión Soviética.

La fama brutal del capitán Rojas la logró por varios hechos criminales. Primero, por dirigir y participar en la matanza de Casas Viejas, el suceso que hizo tambalear en 1934 el gobierno republicano-socialista de Manuel Azaña. Rojas fue condenado a 21 años de cárcel por matar a sangre fría a 13 jornaleros como represalia por la insurrección anarquista de Casas Viejas (Cádiz, hoy Benalup-Casas Viejas) que se cobró la vida de ocho campesinos, dos guardias civiles y un guardia de asalto. Su madre vivía en Granada al principio de la Guerra Civil.

Los 21 años de cárcel quedaron reducidos a solo dos gracias a una sentencia del Tribunal Supremo.

El segundo acontecimiento tiene que ver con Granada. La rebaja permitió a Rojas recuperar pronto la libertad. El 18 de julio de 1936 está en Torrenueva (Granada) en situación de disponible. Aprovecha la sublevación para trasladarse a la capital donde se une a los insurrectos y participa en asaltos violentos, uno de ellos contra la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo de la familia García Lorca. El capitán Rojas está al mando del grupo de falangistas que el 6 de agosto irrumpe en la casa de verano de los Lorca con la excusa de buscar en el interior del piano una emisora clandestina con la que supuestamente se comunicaba con la Unión Soviética. El grupo llevaba consigo incluso a un pianista para que desmontara el instrumento en busca de la radio. Al no hallar nada desistieron.

“En varias ocasiones hombres armados y de uniforme habían invadido, casi siempre en las tórridas tardes de finales del mes de julio, la casa de la huerta de la vega de Granada donde pasábamos aquel verano de 1936. A la pesadumbre que ya de por sí producía el calor, contra el que se luchaba oscureciendo y cerrando las ventanas y balcones, se unían los sobresaltos y la angustia que producían en aquellas horas de silencio y tranquilidad el irrumpir de voces imperiosas, los improperios, los ruidos de botas y armas en la placeta primero y ya dentro de la casa por la escalera y en el pasillo después. Invadían la casa sin miramientos, registraban los muebles, siempre con malas y amenazantes maneras, removían los cajones. Una vez hasta levantaron la tapa del piano de cola que había en el salón, y buscando yo no sé qué, también escudriñaron dentro de la caja de caoba del gigantesco reloj de pared que había en el salón”, recuerda Manuel Fernández-Montesinos García-Lorca (Lo que en nosotros vive, 2008).

Tras sucesivos destinos en las milicias de Falange, como jefe del sector de Motril, jefe de la 17ª batería del regimiento de Artillería Ligera número 3 y oficial del Parque Divisionario número 2, es trasladado en octubre de 1937 al regimiento de Artillería Pesada número 1 para organizar la 8ª batería.

Su biografía descarada y violenta aún tiene un capítulo más. En febrero de 1938, estando en el frente de Aragón, consigue un permiso para trasladarse a Granada por fallecimiento de su madre. Tras el sepelio, en vez de regresar al frente, viaja a Sevilla donde roba un coche de fabricación americana -que estaba asignado a un interventor de transportes militares- con idea de correrse una juerga con prostitutas antes de volver a la lucha. El 3 de marzo, a su vuelta a Zaragoza, es detenido y devuelto a Sevilla donde un tribunal lo juzga y condena a un año y ocho meses de cárcel.

Su rastro se pierde en los prolegómenos de los días de la victoria.